Estándares engañosos

Word 6.0, todo un clásico.
Una de las razones (quizá una de las razones más sólidas) para preferir el software libre al privativo son las licencias de software. No sólo porque al no tener que pagar licencias nos ahorremos un dinero, incluso un dineral. Sino por ética. Por ejemplo: usar software libre te evita la tentación de "piratear" para evitar el gasto. ¿Para qué instalar una copia ilegal de Microsoft Office si para casi cualquier usuario normal una suite gratuita como LibreOffice es más que suficiente?


En cuanto a los usos profesionales, lo cierto es que no siempre el software gratuito está a la altura del privativo. Pero del mismo modo que un fotógrafo profesional necesitará contar con el gasto extra que supone una buena cámara de un fabricante fiable y de calidad, un profesional del diseño, el montaje de vídeo, etc, asumirá como inevitable el gasto en un buen software de pago que garantice un flujo de trabajo rápido, continuo y sin problemas. Aunque es cierto que poco a poco el software libre va aumentando su calidad y empieza a haber funciones profesionales en programas gratuitos y libres.


En todo caso, volviendo al tema del comienzo, algo que me llama mucho la atención de esta etapa en la que me he convertido en linuxero empedernido es esa vertiente ética. Me he acostumbrado a los programas "oficiales" de la distribución que manejo, y sólo a veces busco aplicaciones fuera. Pero siempre son programas libres, programas que no hace falta "crackear", trucar con "seriales" o "keygens" encontrados vaya usted a saber en qué alcantarilla de las interneses.

En realidad, ya en mi última etapa como windowsero utilizaba alternativas freeware o shareware siempre que podía. Pero no siempre, lo confieso. ¿Para qué buscarse un quemador de CDs alternativo si el Nero hackeado venía en el CD de tu Windows UE?


BricsCad también sirve y cuesta mucho menos.
Y es que esta del pirateo -reconozcámoslo- es una práctica muy extendida en el mundo Windows. Y lo sé por experiencia. Los programas protegidos por contraseña o sistemas de activación variopintos son tan fáciles de crackear y hay tantísimas alternativas disponibles para saltarse todo eso, que en la práctica los programas profesionales y de licencias carísimas (como Autocad) hacen la competencia a sus alternativas más baratas, semi-profesionales (como BricsCad, por ejemplo), o a los freeware (como QCad). ¿Para qué -dirán muchos- buscarse un sustituto limitado (o feo) del Autocad 2014 si puedo tener en casa el original sin gastarme ni uno de los 4775 euros que cuesta su licencia?

Es decir, aunque en Windows existen alternativas (en una cantidad apabullante) para sustituir con programas gratuitos -o casi- cualquier aplicación privativa, en la práctica la alternativa gratuita al software original es... el mismo software de pago, pero pirateado. El "ecosistema" está viciado por esta circunstancia y las pequeñas empresas de programación se ven noqueadas por la presencia abrumadora en el parque informático de las versiones piratas del software de referencia de Microsoft, Adobe, Autodesk...


En principio Linux está libre de este fenómeno. La manera de ser y de estar montado el sistema operativo del pingüino fuerza a utilizar alternativas libres de los programas privativos. Y si por alguna razón se hace necesario utilizar un software de pago para Linux, porque sus alternativas libres no son suficientes, es raro el profesional que no se rasca el bolsillo. ¡Es una herramienta, corcio!

Pero si bien en este sentido Linux no se ve tan afectado por esta tara del mundo Windows, hay algo de todo esto que sí traspasa fronteras, y que sí nos afecta: los estándares engañosos.

Clipo y las famosas barras de herramientas
que hacen tan cómodo usar Word.
LA (A)NORMALIDAD
La enormísima mayoría de ordenadores son territorio Windows. Y el usuario medio de ese entorno utiliza sin darse ni cuenta, como algo normal, programas privativos de los primeros fabricantes a nivel mundial. Programas que generalmente no podrían permitirse comprar, pero que han aparecido en su ordenador digamos "mágicamente", bien por un acuerdo entre el montador del PC y las casas de software, bien porque les han vendido el equipo repleto de programas pirateados, o bien porque ellos mismos o sus amigos/familiares/cuñados les han conseguido el software pirateado.

La facilidad para usar software pirateado y la laxitud de los fabricantes principales para vigilar esta práctica supuestamente perjudicial para sus propios intereses (al menos en usuarios domésticos, las empresas sí se vigilan más) es pasmosa. Hasta tal punto que el uso de software ilegal en Windows es casi una característica del "ecosistema". Por ahora, sólo Italia ha limitado la venta de ordenadores con Windows preinstalado, así que nos quedan todavía años y años de... en fin, de esto.


DE FACTO
La consecuencia más llamativa del uso masivo de Windows fuera del propio entorno es que se considera normal el uso masivo y casi exclusivo de los programas asociados a esa plataforma. Esos programas se consideran "lo normal" y se convierten en las referencias absolutas. Esto sí afecta a todos los demás ordenadores con sistemas operativos minoritarios, sean Macs o PCs con Linux. Porque esta enorme cantidad de usuarios de programas privativos, como digo pirateados en un gran porcentaje, usa y por tanto extiende "como la peste" los formatos privativos. Formatos de archivo cerrados y cuya estructura y características internas son secretas, y que se convierten en los temibles "estándares de facto".
En la mayoría de páginas linuxeras que critican estos estándares de facto cerrados se nos habla sobre seguridad. Realmente es un tema importante. Estos archivos pueden de hecho guardar información nuestra de forma inopinada o abrir nuestras máquinas a ojos extraños. Pero aún siendo un tema fascinante e interesante (aunque no libre de FUD) aquí quiero centrarme en otro aspecto, más ramplón, más práctico pero que al final nos afecta quizá más a diario: la perversión del sentido de la "estandarización".

Quizá el ejemplo más conocido de falso estándar o estándar de facto son los formatos propios del Office de Microsoft. Los documentos de Word, Excel, Powerpoint, etc, inundan los correos, las páginas web, la correspondencia y webs de colegios, institutos, universidades, oficinas y hasta administraciones públicas...

Y tarde o temprano recibes uno de estos archivos y te ves obligado a abrirlo.

LibreOffice realmente mola.
TOTAL, NO CUESTA TANTO...
Aparentemente no hay problema con esto. En primer lugar los de Microsoft son majos con respecto a los usuarios. Y lo digo en serio. Existe Office gratuito y que puedes llevar encima, para Android, para Windows Phone y por supuesto para iOS. Existen lectores de Office gratuitos para PC y Mac. Y hasta han creado un servicio gratuito (Office Online) que permite abrir, editar, guardar y convertir a PDF archivos de Office desde Internet. ¿Genial, no? Tanto es así que ahora Dropbox -que es competencia directa de One Drive de Microsoft- integrará también las herramientas de Office Online. Por más que quieran "ir de guays", los chicos de Apple son unos bordes en comparación.

Es decir, para abrir archivos de Office (incluso para crearlos) ya no es necesario piratear el Office. Claro que sigue siendo más cómodo usarlo en el PC con el programa original... pero hay alternativas. Como todas las suites libres, Libreoffice es capaz de abrir los archivos de Microsoft Office, y de hecho la mayor parte de las veces puedes abrir, editar y compartir de nuevo un texto con tus cambios guardándolo en formato .doc o .docx nativo de Microsoft. Esto funciona cuando los documentos de texto son eso, documentos de texto. Puede haber algún problema con un tipo de letra, un formato que se descuadra... pero en general tanto Word como Writer (el "Word" de LibreOffice) "ven" el mismo contenido. ¿No cuesta tanto, eh?


Pero ¡ay! si algo tiene Word es que no solo permite escribir textos. Con este enorme programa, casi monstruoso por su gran cantidad de funciones extra, se puede llegar a hacer de todo, como incrustar clips de sonido, enlaces, imágenes en los más variopintos formatos, meter encabezados, tabuladores, formularios, listas de correo distribuido, documentos hechos de otros documentos...

Y todo eso Writer y otras alternativas compatibles lo entienden muy malamente.

En realidad no es tanto que Libre Office Writer no sea capaz de virguerías. De hecho se considera un software muy capaz y de alta calidad, muy por encima de la media en cuanto a densidad de fallos. El problema es que la manera de hacer las cosas avanzadas de Libre Office es públicamente conocida y cualquier programador puede consultarla. Pero el sistema que Microsoft tiene para hacer esas cosas (y más) es oscuro y protegido con derechos de autor. Por así decirlo, los de Microsoft pueden estudiar las tripas de LibreOffice a su antojo, mientras que los ingenieros de LibreOffice tienen que "echarse a adivinar" para saber cómo Office consigue hacer lo que hace.

Es muy fácil pensar que el formato de Word es un estándar. Está en casi todas partes, lo usa mucha gente y resulta muy fácil abrir y guardar archivos en él, simplemente instalando Word. El número de usuarios descontentos se limita a los cuatro monos que usan Linux y algún que otro usuario de Windows y Mac que se empeña en usar ese programa gratuito que imita a Office hasta en el nombre: LibreOffice. ¿Por qué pensar otra cosa? La lógica nos lleva a pensar que LibreOffice y Linux son "poco compatibles" o "poco amigables" porque se salen del mundo feliz y "normal" en el que cualquiera puede abrir un archivito de Word y pillarse un virus por eso.

Y no. En realidad es al revés. Quien está utilizando un estándar es LibreOffice. Aunque supuestamente las especificaciones de .docx son libres, en la práctica sólo Microsoft tiene todos los datos sobre ese formato de archivo. En realidad parte del formato docx se basa en los estándares XML, pero otra parte permanece como secreto industrial.

También se puede usar WordArt... qué mono.
Así, aunque el formato open document de Libre Office y otras suites libres es el estándar europeo para la administración, en la práctica, al menos en España, el intercambio de archivos suele utilizar los formatos propietarios de Microsoft, y de hecho el lío lo puedes tener tú si remites un archivo .odt u .ods de LibreOffice a una oficina estatal o autonómica. A veces hasta se rechazan los archivos PDF (otro formato que daría para hablar bastante) en favor de los DOC o DOCX.

Como anécdota os contaré que en estudios a distancia hemos vivido estos problemas. Por una parte en una asignatura se exige formato de Word (no sirve el PDF, mucho más estándar y sencillo para intercambiar) y en otra se nos han enviado documentos de Word que tienen cabeceras que provocan una paginación abultada en LibreOffice. Pero lo peor son algunos documentos de Word que tienen sonidos incrustados. No hay manera humana de reproducir esos sonidos, ni instalando Word. Porque se han grabado con la "grabadora de sonidos" (soundrec.exe) lo cual los deja inservibles para su extracción a menos que tengas un ordenador en el que ese vetusto programa todavía funcione. El problema es que como quien ha elaborado el contenido tiene la combinación de hardware, sistema operativo y aplicaciones necesaria para codificar esos documentos, y probablemente nunca se ha parado a abrir ese archivo desde otro ordenador, nunca comprenderá que otra persona pueda tener problemas... Y es que a diferencia de los contenedores multimedia más estandarizados, Word permite incrustar objetos OLE de formas "creativas" o "específicas" que tienen que ver exclusivamente con lo que esté casualmente instalado en ese momento en el PC. Así, si por lo que sea, el ordenador que debe descodificar ese archivo no puede replicar las condiciones exactas de su confección, te quedarás sin leer, ver u oír algunos contenidos. Si el sonido se ha grabado con soundrec.exe, instalado en C:/WINDOWS/SYSTEM, Word intentará encontrar exactamente lo mismo. Y si no encuentra justo eso en esa misma ruta... el problema lo tendrás tú.

EL MUNDO AL REVÉS
Es una batalla perdida. Como normalmente un ordenador con Windows tendrá una serie de aplicaciones comunes instaladas con una determinada estructura de carpetas, determinados nombres de archivo, etc, lo más habitual es que haya compatibilidad suficiente para poder ver los archivos sin problema entre dos ordenadores con Windows y Office. Pero en realidad estos "estándares" que no son tal, que son estándares aparentes, "de facto" o engañosos, están entorpeciendo algo tan deseable como es la verdadera estandarización. Si Microsoft se adaptara a los formatos estandarizados, sería posible intercambiar archivos entre diferentes plataformas, programas, etc, derribando así unas barreras artificialmente impuestas. Empeñándose en sus propios formatos cerrados, Microsoft se encierra en una burbuja de incompatibilidad...

La resistencia es fútil.
Pero claro, la ubicuidad de Office y de Microsoft hacen que, legítimamente adquirida o no, su suite ofimática se convierta en estándar de facto, unilateralmente impuesto por la fuerza del poderío económico.
Y entonces la incompatibilidad, la falta de estandarización de los archivos de Office se convierte en su mejor arma para "dominar el mundo". Porque las suites ofimáticas de la competencia se juzgarán en función de hasta qué punto sean capaces de doblegarse a lo que mandan los reyes del mambo. Nadie se fijará en el pequeño detalle de que quien incumple los estándares es Office y no su alternativa libre. Ni siquiera la adopción administrativa de los estándares abiertos en toda Europa ha conseguido mermar demasiado el poder de Microsoft y la preeminencia del formato .docx.

En fin. Que es un problema de difícil solución mientras no sea la propia Microsoft la que dé su brazo a torcer y deponga sus formatos en beneficio del formato libre (y sin trampas).